martes, 30 de octubre de 2007

LIBRERIA PRIMADO REUNE A POETAS, LECTORES Y EDITORES EL DIA 3 DE NOVIEMBRE A LAS 12:00 H (VALENCIA)

Laura Giordani, con amigos poetas (Enrique Falcón, Arturo Borra, Antonio Orihuela, etc.,) en casa de Antonio Martinez i Ferrer

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Trecetreneros: Javier Gil, Nuria, Esther...



David Eloy, Jose Mª Gómez y Miguel Angel





David y Jose Mª



Ana Mª Espinosa, Jana, Carlos Herrera y Viktor




Antonio Gamoneda con Antonio Méndez y Antonio Martinez, "Los Tres Antonios"






Enrique Falcón con Arturo Borra y amigos





Ana Pérez Cañamares




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En la Librería Primado, gracias a Miguel Morata, podremos asistir a la presentación de los libros de ANA MARIA ESPINOSA Y ANA PEREZ CAÑAMARES, EDITORIAL LIBROS DE LA HERIDA Y A LA REVISTA LITERARIA INTERNACIONAL 13 TRENES.


















A las 12:00 H. comenzará el evento. Es una excelente oportunidad para escuchar y ver la poética alternativa y de rigor en el amplio panorama de nuestra geografía ideomática. Asistirán también los poetas


















ANTONIO MENDEZ;









ENRIQUE FALCON,









DAVID ELOY, JOSE Mª GOMEZ; DAVID FRANCO y MIGUEL ANGEL GARCIA (del colectivo La Palabra Itinerante)









LAURA GIORDANI









ARTURO BORRA









ANTONIO MARTINEZ I FERRER









CARLES SANTAEMILIA









ADRIAN PEREZ


















entre otros poetas y compañeros.



























lunes, 29 de octubre de 2007

JUAN CARLOS MACEDO: el poeta médico de Uruguay


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Primero de enero de 1976


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Nada ha cambiado: no son ojos en fuga.

Es lluvia,

lluvia en las calles de todos los hogares;

llueve,

no cae, distribuye

los fundamentos que aún nos perpetúan.
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Juan Carlos Macedo (Rivera, 1943-Montevideo, 2002)

(De Durar II. Referencial e instrumentos)

T.S. ELIOT: LO CLASICO Y EL TALENTO INDIVIDUAL (I)

Thomas Stearns Eliot, conocido como T. S. Eliot (St. Louis, Missouri, 26 de septiembre de 1888 - Londres, 4 de enero de 1965). Poeta, dramaturgo y crítico anglo-estadounidense, representa una de las cumbres de la poesía en lengua inglesa del siglo XX. En 1948 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.

Fuente: Wikipedia




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La crítica sincera y la apreciación sensata han de dirigirse no al poeta sino directamente a la poesía.


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Ningún poeta, ningún artista, posee la totalidad de su propio significado. Su significado, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas muertos.


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El progreso de un artista constituye un ininterrumpido sacrificio personal, una constante negación de la personalidad.


T. S. Eliot "Lo clásico y el talento individual"
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Fuente:
La Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, dentro de su colección "Pequeños Grandes Ensayos".
Universidad Nacional Autónoma de México

sábado, 27 de octubre de 2007

MALLARME: Todo pensamiento es azaroso, como un glope de dados

SEA
el Abismo se cierna como el casco de un navío
donde EL MAESTRO se agita en la tempestad inútilmente
inducido por la ola a los duros huesos perdidos entre los tablones
cuyo velo de ilusión resurge su obsesión a la locura

ABOLIRÁ


UN GOLPE DE DADOS
JAMÁS
AUNQUE LANZADO EN CIRCUNSTANCIAS
ETERNAS
DEL FONDO DE UN NAUFRAGIO



"El Maestro

surgido fuera de antiguos cálculos

donde la maniobra con la edad olvidada

infiriendo

que antaño empuñaba el timón

de esa conflagración

a los pies

del horizonte unánime

que se

prepara

se agita y mezcla

en el puño que la apretaría

como se amenaza

un destino y los vientos

el único número que no puede

ser otro

Espíritu

para lanzarlo

en la tempestad

replegar la escuadra y pasar arrogante

vacila

cadáver separado por el brazo

del secreto que detenta

más bien

que jugar

la partida

como un maníaco canoso

en nombre de las olas

una

invade al jefe

fluye en la barba sumisa

naufragio éste

directo del hombre

sin nave

no importa dónde

inútilmente".


Fragmento de "Un cop de Dés"


Mallarmé

viernes, 26 de octubre de 2007

Releyendo a OLVIDO GARCIA VALDES



"discontinua forma de vibrátil

brisa que agita cada hoja

de los rosales aún bajos en abril,

cada hoja roja de rojo

vinoso, cada hoja verde

de recia consistencia."
Olvido Garcia Valdés

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Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, 1950) es una de las voces más prestigiosas y sólidas de la poesía española actual. Filóloga y filósofa, codirectora de la revista Los infolios y fundadora de la añorada El signo del gorrión, ha ido desgranando con los años una obra silenciosa, exigente, preocupada por el lenguaje y las posibilidades del conocimiento, próxima a la ternura y a la escasez, entre cuyos títulos destacaríamos Ella, los pájaros (1994), Caza nocturna (1997) o Del ojo al hueso (2001), amén de la biografía Teresa de Jesús. También ha practicado la traducción. Y todos estábamos vivos, publicado este año por Tusquets Editores, es su último y voluminoso libro de poemas.



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Se toma un camino, se pierde
en la campestre no urbanidad
de la intemperie
y así se anda sin prisa porque
ni llegar es al fín un objetivo.
Escribir, ir andando y ser de otro
complice, ser de lo otro descubierto
es quizá lo posible
en el lento aprendizaje, en la dura
y solitaria opción
que se cree, que se pretende justa,
cuanto menos veraz, no fingida, no
mercantilizada, no
entregada al papel o a la luz para exhibirse
sino para dejar constancia,
huella frágil, de un ir caminando, escuchando
y pisando eso que en vida
es todo,
apenas un puente, apenas
un roce sublime de compasión.

La generosísima apertura de lo invisible
a quien como Olvido, lleva tiempo caminando
sola por trochas
y linderos, por la frontera

los pájaros y las rocas ya le reconocen.
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Viktor Gómez

OLVIDO GARCIA VALDES: Tras el cristal

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TRAS EL CRISTAL
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Tras el cristal, se desconoce
el cuerpo, como un hijo
que crece, como si jugara
y de pronto fuera desconocido.
Coloca entonces
tu mano en el estómago,
la palma abierta, y respira
profundo. Al fin somos culpables
de quien muere, y también
de vivir. Barrios
se hacen poblados peligrosos
por la noche, hay humaredas,
rostros cetrinos junto a fuegos.
De "Ella, los pájaros" 1993

DEONTOTÓNICO: entre Arturo Borra y Viktor Gómez

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Lo dificil hoy en día, lo extraño de ver y reconocer, de aceptar, incluso de no minusvalorar es la acción deontotónica. Que facilmente se confunde con acepciones negativas como "acciones infantiles" ó "demenciales" ó "poco prácticas". V.G.
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Deontotónico:


Inclinado a hacer lo que se debe. A obrar según la deontología (*), a ser justo, a ser misericordioso. Son personas que socialmente son consideradas sospechosas. Así en este blog tengo una sección intitulada "sospechosos" y otra "amigos" y otra "Antonio Méndez dixit", que obeden a este principio.

V.G.

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(*)Deontología (del griego δέον "debido" + λόγος "tratado"), término introducido por Bentham —Deontology or the Science of Morality, 1834— para referirse a la rama de la Ética cuyo objeto de estudio son los fundamentos del deber y las normas morales. Se la conoce también bajo el nombre de "Teoría del deber". Junto con la axiología es una de las dos ramas principales de la Ética normativa.

Puede hablarse también de una
deontología aplicada, en cuyo caso no se está ya ante una ética normativa sino descriptiva e incluso prescriptiva. Es el caso de la deontología profesional.
Su concepto básico es que obrar "de acuerdo a la ética" se corresponde con obrar de acuerdo a un código definido de antemano. Un apartamiento de una norma previamente definida, en general por escrito, constituye una actitud o un comportamiento no-ético.
Por el contrario, existe otra rama, denominada
Teleología, que define el obrar éticamente como aquella actitud o comportamiento que contempla el bien para la mayoría, determinando qué es correcto y qué no lo es en función del resultado a alcanzar.
Extraido de Wikipedia
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Desconozco si nuestras labores poéticas
obedecen a la deontología,
o si somos deontotónicos,
pero en todo caso,
hay deberes gozosos y goces debidos.
Sumergirse en la bella inutilidad
de los diccionarios hundidos,
pero más todavía,
en el goce inútil de lo poético,
es también una apuesta ética,
que no se conforta con una celebración
de lo existente.
Va un abrazo,
Arturo Borra
poeta argentino residente en Alzira (Valencia)


jueves, 25 de octubre de 2007

ADRIANO CORRALES: COSTA RICA A FLOR DE VERSO Y ESPINA

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Pienso que en mi país la poesía no ha tenido un suceso digno de repercusión internacional, como es el caso de nuestra vecina Nicaragua, por ejemplo. Sin embargo hay voces que han alcanzado una altura inusitada para el medio y que todavía, desgraciadamente, no se han reconocido como corresponde. Entre esas voces hay que mencionar, sin ninguna discusión, a Eunice Odio, una poeta todavía incomprendida en Costa Rica, entre otras cosas por haber renegado de su nacionalidad autoexiliándose en México donde murió, cuya obra, de una profundidad metafísica y existencial extarordinarias, merece estar al lado de las mejores voces de la poesía latinoamericana o hispanoamericana. Hay otras voces de poetas ya muertos, como Carlos Rafael Duverrán o Virginia Gruter, quienes, repito, todavía no ocupan el lugar que merecen según mi juicio. Sin embargo, en las últimas décadas la poesía costarricense está en una especie de despegue, y hay una serie de poetas entre los 20 y los 40 años, que, sin duda, darán mucho qué decir en un futuro próximo. Considero que Costa Rica ha tenido la posibilidad, por sus condiciones históricas, socieconómicas y políticas, de "acumular fuerzas" un poco en silencio, y ya está sonando la hora de ocupar un espacio en el concierto internacional de la poesía. No deseo mencionar nombres por ahora, pero tengo la certeza de que muy pronto, algunos y algunas, de ellos y ellas, estarán en las mejores antologías de la poesía hispanoamericana.






Arte poética 1

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La diferencia

entre comediante y poeta

consiste en que

el segundo

no se inclina

para que le aplaudan

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Arte poética 3

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Al amanecer
como siempre
sacamos las bolsas de basura

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si no pasa el camión municipal
es como escribir poemas
y no publicarlos
o lo peor
publicar
para que nadie los lea

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Adriano Corrales
Costa Rica (1958)

SAMUEL BECKETT (III): EL EXPULSADO

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Tenía que haberme quitado el abrigo y tirarlo por la ventana, pero no se puede estar en todo. En cuanto salí del patio pensé en algo. La fatiga. Deslicé un billete en la caja de cerillas, volví al patio y puse la caja en el reborde de la ventana por la que acababa de salir. El caballo estaba en la ventana. Pero después de dar unos pasos por la calle volví al patio y recuperé mi billete. Dejé las cerillas, no eran mías. El caballo seguía en la ventana. Estaba hasta aquí del caballo. El alba asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Tomé la dirección levante, supongo, para asomarme cuanto antes a la luz. Hubiera querido un horizonte marino, o desértico.

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Cuando salgo, por la mañana, voy al encuentro del sol, y por la noche, cuando salgo, lo sigo, casi hasta la mansión de los muertos. No sé por qué he contado esta historia. Igual podía haber contado otra. Por mi vida, veréis cómo se parecen.


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Samuel Barclay Beckett,

Foxrock (Dublin) 13 de abril de 1906 -
Paris, 22 de diciembre de 1989

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SAMUEL BECKETT (II): EL EXPULSADO




Conocía mal la ciudad, lugar de mi nacimiento y de mis primeros pasos, en la vida, y después todos los demás que tanto han confundido mi rastro. ¡Si apenas salía! De vez en cuando me acercaba a la ventana, apartaba las cortinas y miraba fuera. Pero en seguida volvía al fondo de la habitación, donde estaba la cama. Me sentía incómodo, aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario. Pero primero levanté los ojos al cielo, de donde nos viene la célebre ayuda, donde los caminos no aparecen marcados, donde se vaga libremente, como en un desierto, donde nada detiene la vista, donde quiera que se mire, a no ser los límites mismos de la vista. Por eso levanto los ojos, cuando todo va mal, es incluso monótono pero soy incapaz de evitarlo, a ese cielo en reposo, incluso nublado, incluso plomizo, incluso velado por la lluvia, desde el desorden y la ceguera de la ciudad, del campo, de la tierra. De más joven pensaba que valdría la pena vivir en medio de la llanura, iba a la landa de Lunebourg. Con la llanura metida en la cabeza iba a la landa. Había otras landas más cercanas, pero una voz me decía, Te conviene la landa de Lunebourg, no me lo pensé dos veces. El elemento luna tenía algo que ver con todo eso. Pues bien, la landa de Lunebourg no me gustó nada, lo que se dice nada. Volví decepcionado, y al mismo tiempo aliviado. Sí, no sé por qué, no me he sentido nunca decepcionado, y lo estaba a menudo, en los primeros tiempos, sin a la vez, o en el instante siguiente, gozar de un alivio profundo.




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Me puse en camino. Qué aspecto. Rigidez en los miembros inferiores, como si la naturaleza no me hubiera concedido rodillas, sumo desequilibrio en los pies a uno y otro lado del eje de marcha. El tronco, sin embargo, por el efecto de un mecanismo compensatorio, tenía la ligereza de un saco descuidadamente relleno de borra y se bamboleaba sin control según los imprevisibles tropiezos del asfalto. He intentado muchas veces corregir estos defectos, erguir el busto, flexionar la rodilla y colocar los pies unos delante de otros, porque tenía cinco o seis por lo menos, pero todo acababa siempre igual, me refiero a una pérdida de equilibrio, seguida de una caída. Hay que andar sin pensar en lo que se está haciendo, igual que se suspira, y yo cuando marchaba sin pensar en lo que hacía marchaba como acabo de explicar, y cuando empezaba a vigilarme daba algunos pasos bastante logrados y después caía. Decidí abandonarme. Esta torpeza se debe, en mi opinión, por lo menos en parte, a cierta inclinación especialmente exacerbada en mis años de formación, los que marcan la construcción del carácter, me refiero al período que se extiende, hasta el infinito, entre las primeras vacilaciones, tras una silla, y la clase de tercero, término de mi vida escolar. Tenía pues la molesta costumbre, habiéndome meado en el calzoncillo, o cagado, lo que me sucedía bastante a menudo al empezar la mañana, hacia las diez diez y media, de empeñarme en continuar y acabar así mi jornada, como si no tuviera importancia. La sola idea de cambiarme, o de confiarme a mamá que no buscaba sino mi bien, me resultaba intolerable, no sé por qué, y hasta la hora de acostarme me arrastraba, con entre mis menudos muslos, o pegado al culo, quemando, crujiendo y apestando, el resultado de mis excesos. De ahí esos movimientos cautos, rígidos y sumamente espatarrados, de las piernas, de ahí el balanceo desesperado del busto, destinado sin duda a dar el pego, a hacer creer que nada me molestaba, que me encontraba lleno de alegría y de energía, y a hacer verosímiles mis explicaciones a propósito de mi rigidez de base, que yo achacaba a un reumatismo hereditario. Mi ardor juvenil, en la medida en que yo disponía de tales impulsos, se agotó en estas manipulaciones, me volví agrio, desconfiado, un poco prematuramente, aficionado de los escondrijos y de la postura horizontal. Pobres soluciones de juventud, que nada explican. No hay por qué molestarse. Raciocinemos sin miedo, la niebla permanecerá.Hacía buen tiempo. Caminaba por la calle, manteniéndome lo más cerca posible de la acera. La acera más ancha nunca es lo bastante ancha para mí, cuando me pongo en movimiento, y me horroriza importunar a desconocidos. Un guardia me detuvo y dijo, La calzada para los vehículos, la acera para los peatones. Parecía una cita del antiguo testamento. Subí pues a la acera, casi excusándome, y allí me mantuve, en un traqueteo indescriptible, por lo menos durante veinte pasos, hasta el momento en que tuve que tirarme al suelo, para no aplastar a un niño. Llevaba un pequeño arnés, me acuerdo, con campanillas, debía creerse un potro, o un percherón, por qué no. Le hubiera aplastado con gusto, aborrezco a los niños, además le hubiera hecho un favor, pero temía las represalias. Todos son parientes, y es lo que impide esperar. Se debía disponer, en las calles concurridas, una serie de pistas reservadas a estos sucios pequeños seres, para sus cochecitos, aros, biberones, patines, patinete, papás, mamás, tatas, globos, en fin toda su sucia pequeña felicidad. Caí pues y mi caída arrastró la de una señora anciana cubierta de lentejuelas y encajes y que debía pesar unos sesenta quilos. Sus alaridos no tardaron en provocar un tumulto. Confiaba en que se había roto el fémur, las señoras viejas se rompen fácilmente el fémur, pero no basta, no basta. Aproveché la confusión para escabullirme, lanzando imprecaciones ininteligibles, como si fuera yo la víctima, y lo era, pero no hubiera podido probarlo. Nunca se lincha a los niños, a los bebés, hagan lo que hagan son inocentes a priori. Yo los lincharía a todos con suma delicia, no digo que llegara a ponerles las manos encima, no, no soy violento, pero animaría a los demás y les pagaría una ronda cuando hubieran acabado. Pero apenas recuperé la zarabanda de mis coces y bandazos me detuvo un segundo guardia, parecidísimo al primero, hasta el punto de que me pregunté si no era el mismo. Me hizo notar que la acera era para todo el mundo, como si fuera evidente que a mí no se me podía incluir en tal categoría. ¿Desea usted, le dije, sin pensar un sólo instante en Heráclito, que descienda al arroyo? Baje si quiere, dijo, pero no ocupe todo el sitio. Apunté a su labio superior, que tenía por lo menos tres centímetros de alto, y soplé encima. Lo hice, creo, con bastante naturalidad, como el que, bajo la presión cruel de los acontecimientos, exhala un profundo suspiro. Pero no se inmutó. Debía estar acostumbrado a autopsias, o exhumaciones. Si es usted incapaz de circular como todo el mundo, dijo, debería quedarse en casa. Lo mismo pensaba yo. Y que me atribuyera una casa, mía, no tenía por qué molestarme. En ese momento acertó a pasar un cortejo fúnebre, como ocurre a veces. Se produjo una enorme alarma de sombreros al tiempo que un mariposear de miles y miles de dedos. Personalmente si me hubiera contentado con persignarme hubiera preferido hacerlo como es debido, comienzo en la nariz ombligo, tetilla izquierda, tetilla derecha. Pero ellos con sus roces precipitados e imprecisos, te hacen una especie de crucificado en redondo, sin el menor decoro, las rodillas bajo el mentón y las manos de cualquier manera. Los más entusiastas se inmovilizaron soltando algunos gemidos. El guardia, por su parte se cuadró, con los ojos cerrados, la mano en el kepi. En las berlinas del cortejo fúnebre entreveía gente departiendo animadamente, debían evocar escenas de la vida del difunto, o de la difunta. Me parece haber oído decir que el atavío del cortejo fúnebre no es el mismo en ambos casos, pero nunca he conseguido averiguar en qué consiste la diferencia. Los caballos chapoteaban en el barro soltando pedos como si fueran a la feria. No vi a nadie de rodillas.




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Pero para nosotros todo va rápido, el último viaje, es inútil apresurarse, el último coche nos deja, el del servicio, se acabó la tregua, las gentes reviven, ojo. De forrna que me detuve por tercera vez, por decisión propia, y tomé un coche. Los que acababa de ver pasar, atestados de gente que departía animadamente debieron impresionarme poderosamente. Es una caja negra grande, se bambolea sobre sus resortes, las ventanas son pequeñas, se acurruca uno en un rincón, huele a cerrado. Noto que mi sombrero roza el techo. Un poco después me incliné hacia delante y cerré los cristales. Después recuperé mi sitio, de espaldas al sentido de la marcha. Iba a adormecerme cuando una voz me sobresaltó, la del cochero. Había abierto la portezuela, renunciando sin duda a hacerse oír a través del cristal. Sólo veía sus bigotes. ¿Adónde?, dijo. Había bajado de su asiento exclusivamente para decirme esto. ¡Y yo que me creía ya lejos! Reflexioné, buscando en mi memoria el nombre de una calle, o de un monumento. ¿Tiene usted el coche en venta?, dije. Añadí, Sin el caballo. ¿Qué haría yo con un caballo? ¿Y qué haría yo con un coche? ¿Podría al menos tumbarme? ¿Quién me traería la comida? Al Zoo, dije. Es raro que no haya Zoo en una capital. Añadí, No vaya usted muy de prisa. Se rió. La sola idea de poder ir al Zoo demasiado aprisa parecía divertirle. A menos que no fuera la perspectiva de encontrarse sin coche. A menos que fuera simplemente yo, mi persona, cuya presencia en el coche debía metamorfosearlo, hasta el punto de que el cochero, al verme con la cabeza en las sombras del techo y las rodillas contra el cristal, había llegado quizá a preguntarse si aquél era realmente su coche, si era realmente un coche. Echa rápido una mirada al caballo, se tranquiliza. Pero ¿sabe uno mismo alguna vez por qué ríe? Su risa de todas formas fue breve, lo que parecía ponerme fuera del caso. Cerró de nuevo la portezuela y subió otra vez al pescante. Poco después el caballo arrancó.




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Pues sí, tenía aún un poco de dinero en aquella época. La pequeña cantidad que me dejara mi padre, como regalo, sin condiciones, a su muerte, aún me pregunto si no me la robaron. Muy pronto me quedé sin nada. Mi vida no por eso se detuvo, continuaba, e incluso tal y como yo la entendía, hasta cierto punto. El gran inconveniente de esta situación, que podía definirse como la imposibilidad absoluta de comprar, consiste en que le obliga a uno a espabilarse. Es raro, por ejemplo, cuando realmente no hay dinero, conseguir que le traigan a uno algo de comer, de vez en cuando, al cuchitril. No hay más remedio entonces que salir y espabilarse, por lo menos un día a la semana. No se tiene domicilio en esas condiciones, es inevitable. De ahí que me enterara con cierto retraso de que me estaban buscando, para un asunto que me concernía. Ya no me acuerdo por qué conducto. No leía los periódicos y tampoco tengo idea de haber hablado con alguien, durante estos años, salvo quizás tres o cuatro veces, por una cuestión de comida. En fin algo debió llegarme, de un modo o de otro si no no me hubiera presentado nunca al Comisario Nidder, hay nombres que no se olvidan, es curioso, y él no me hubiera recibido nunca. Comprobó mi identidad. Esto le llevó un buen rato. Le enseñé mis iniciales de metal en el interior del sombrero, no probaban nada pero limitaban al menos las posibilidades. Firme, dijo. Jugaba con una regla cilíndrica, con la que se hubiera podido matar un buey. Cuente, dijo. Una mujer joven, quizá en venta, asistía a la conversación, en calidad de testigo sin duda. Me metí el fajo en el bolsillo. Se equivoca, dijo. Tenía que haberme pedido que los contara antes de firmar, pensé, hubiera sido más correcto. ¿Dónde le puedo encontrar, dijo, si llega el caso? Al bajar las escaleras pensaba en algo. Poco después volvía a subir para preguntarle de dónde me venía ese dinero, añadiendo que tenía derecho a saberlo. Me dijo un nombre de mujer, que he olvidado. Quizá me había tenido sobre sus rodillas cuando yo estaba aún en pañales y le había hecho carantoñas. A veces basta con eso. Digo bien, en pañales, porque más tarde hubiera sido demasiado tarde, para las carantoñas. Gracias pues a este dinero tenía todavía un poco. Muy poco. Si pensaba en mi vida futura era como si no existiera, a menos que mis previsiones pecaran de pesimistas. Golpeé contra el tabique situado junto a mi sombrero, en la misma espalda del cochero si había calculado bien. Una nube de polvo se desprendió de la guata del forro. Cogí una piedra del bolsillo y golpeé con la piedra, hasta que el coche se detuvo. Noté que no se produjo aminoración de la marcha, como acusan la mayoría de los vehículos, antes de inmovilizarse. No, se paró en seco. Esperaba. El coche vibraba. El cochero, desde la altura del pescante, debía estar escuchando. Veía el caballo como si lo tuviera delante. No había tomado la actitud de desánimo que tomaba en cada parada, hasta en las más breves, atento, las orejas en alerta. Miré por la ventana, estábamos de nuevo en movimiento. Golpeé de nuevo el tabique, hasta que el coche se detuvo de nuevo. El cochero bajó del pescante echando pestes. Bajé el cristal para que no se le ocurriera abrir la portezuela. Más de prisa, más de prisa. Estaba más rojo, violeta diría yo. La cólera, o el viento de la carrera. Le dije que lo alquilaba por toda la jornada. Respondió que tenía un entierro a las tres. Ah los muertos. Le dije que ya no quería ir al Zoo. Ya no vamos al Zoo, dije. Respondió que no le importaba adónde fuéramos, a condición de que no fuera muy lejos, por su animal. Y se nos habla de la especificidad del lenguaje de los primitivos. Le pregunté si conocía un restaurante. Añadí, Comerá usted conmigo Prefiero estar con un parroquiano, en esos sitios. Había una larga mesa con una banqueta a cada lado de la misma longitud exactamente. A través de la mesa me habló de su vida, de su mujer, de su animal, después otra vez de su vida, de la vida atroz que era la suya, a causa sobre todo de su carácter. Me preguntó si me daba cuenta de lo que eso significaba, estar siempre a la intemperie. Me enteré de que aún existían cocheros que pasaban la jornada bien calentitos en sus vehículos estacionados, esperando que el cliente viniera a despertarlos. Esto podía hacerse en otra época, pero hoy había que emplear otros métodos, si se pretendía aguantar hasta finalizar sus días. Le describí mi situación, lo que había perdido y lo que buscaba. Hicimos los dos lo que pudimos, para comprender, para explicar. Él comprendía que yo había perdido mi habitación y que necesitaba otra, pero todo lo demás se le escapaba. Se le había metido en la cabeza, y no hubo modo de sacárselo, que yo andaba buscando una habitación amueblada. Sacó del bolsillo un periódico de la tarde de la víspera, o quizá de la antevíspera, y se impuso el deber de recorrer los anuncios por palabras, subrayando cinco o seis con un minúsculo lapicillo, el mismo que temblaba sobre los futuros agraciados de un sorteo. Subrayaba sin duda los que hubiera subrayado de encontrarse en mi lugar o quizás los que se remitían al mismo barrio, por su animal. Sólo hubiera conseguido confundirle si le dijera que no admitía, en cuanto a muebles, en mi habitación, más que la cama, y que habría que quitar todos los demás, la mesilla de noche incluida, antes de que yo consintiera poner los pies en el cuarto. Hacia las tres despertamos el caballo y nos pusimos de nuevo en marcha. El cochero me propuso subir al pescante a su lado, pero desde hacía un rato acariciaba la idea de instalarme en el interior del coche y volví a ocupar mi sitio. Visitamos, una tras otra, con método supongo, las direcciones que había subrayado. La corta jornada de invierno se precipitaba hacia el fin. Me parece a veces que son éstas las únicas jornadas que he conocido, y sobre todo este momento más encantador que ninguno que precede al primer pliegue nocturno. Las direcciones que había subrayado, o más bien marcado con una cruz, como hace la gente del pueblo, las tachaba, con un trago diagonal, a medida que se revelaban inconvenientes.




Me enseñó el periódico más tarde, obligándome a guardarlo yo entre mis cosas, para estar seguro de no buscar otra vez donde ya habíamos buscado en vano. A pesar de los cristales cerrados, los chirridos del coche y el ruido de la circulación, le oía cantar, completamente solo en lo alto de su alto pescante. Me había preferido a un entierro, era un hecho que duraría eternamente. Cantaba. Ella está lejos del país donde duerme su joven héroe, son las únicas palabras que recuerdo. En cada parada bajaba de su asiento y me ayudaba a bajar del mío. Llamaba a la puerta que él me indicaba y a veces yo desaparecía en el interior de la casa. Me divertía, me acuerdo muy bien, sentir de nuevo una casa a mi alrededor, después de tanto tiempo. Me esperaba en la acera y me ayudaba a subir de nuevo al coche. Empecé a hartarme del cochero. Trepaba al pescante y nos poníamos en marcha otra vez. En un momento dado se produjo lo siguiente. Se detuvo. Sacudí mi somnolencia y articulé una postura, para bajar. Pero no vino a abrir la portezuela y a ofrecerme el brazo, de modo que tuve que bajar solo. Encendía las linternas. Me gustan las lámparas de petróleo, a pesar de que son, con las velas, y si exceptúo los astros, las primeras luces que conocí. Le pregunté si me dejaba encender la segunda linterna, puesto que él había encendido ya la primera. Me dio su caja de cerillas, abrió el pequeño cristal abombado montado sobre bisagras, encendí y cerré en seguida, para que la mecha ardiera tranquila y clara, calentita en su casita, al abrigo del viento. Tuve esta alegría. No veíamos nada, a la luz de las linternas, apenas vagamente los volúmenes del caballo, pero los demás les veían de lejos, dos manchas amarillas lentamente sin amarras flotando. Cuando los arreos giraban se veía un ojo, rojo o verde según los casos, rombo abombado límpido y agudo como en una vidriera.




Cuando verificamos la última dirección el cochero me propuso presentarme en un hotel que conocía, en donde yo estaría bien. Es coherente, cochero, hotel es verosímil. Recomendado por él no me faltaría nada. Todas las comodidades, dijo, guiñando un ojo. Sitúo esta conversación en la acera, ante la casa de la que yo acababa de salir. Recuerdo, bajo la linterna, el flanco hundido y blando del caballo y sobre la portezuela la mano del cochero, enguantada en lana. Mi cabeza estaba más alta que el techo del coche. Le propuse tomar una copa. El caballo no había bebido ni comido en todo el día. Se lo hice notar al cochero que me respondió que su caballo no se repondría hasta que volviera a la cuadra. Cualquier cosa que tomara, aunque sólo fuera una manzana o un terrón de azúcar, durante el trabajo, le produciría dolores de vientre y cólicos que le impedirían dar un paso y que incluso podrían matarlo. Por eso se veía obligado a atarle el hocico, con una correa, cada vez que por una razón o por otra debía dejarle solo, para que no enterneciera el buen corazón de los transeúntes. Después de algunas copas el cochero me rogó que les hiciera el honor, a él y a su mujer, de pasar la noche en su casa. No estaba lejos. Reflexionando, con la célebre ventaja del retraso, creo que no había hecho, ese día, sino dar vueltas alrededor de su casa. Vivían encima de una cochera, al fondo de un patio. Buena situación, yo me habría contentado. Me presentó a su mujer, increíblemente culona, y nos dejó. Ella estaba incómoda, se veía, a solas conmigo. La comprendía, yo no me incomodo en estos casos. No había razones para que acabara o continuara. Pues que acabe entonces. Dije que iba a bajar a la cochera a acostarme. El cochero protestó. Insistí. Atrajo la atención de su mujer sobre una pústula que tenía yo en la coronilla, me había quitado el sombrero, por educación. Hay que procurar quitar eso, dijo ella. El cochero nombró un médico a quien tenía en gran estima y que le había curado de un quiste en el trasero. Si quiere acostarse en la cochera, dijo la mujer, que se acueste en la cochera. El cochero cogió la lámpara de encima de la mesa y me precedió en la escalera que bajaba a la cochera, era más bien una escalerilla, dejando a su mujer en la oscuridad. Extendió en el suelo, en un rincón, sobre la paja, una manta de caballo, y me dejó una caja de cerillas, para el caso de que tuviera necesidad de ver claro durante la noche. No me acuerdo lo que hacía el caballo entretanto. Tumbado en la oscuridad oía el ruido que hacía al beber, es muy curioso, el brusco corretear de las ratas y por encima de mí las voces mitigadas del cochero y su mujer criticándome. Tenía en la mano la caja de cerillas, una sueca tamaño grande.




Me levanté en la noche y encendí una. Su breve llama me permitió descubrir el coche. Ganas me entraron, y me salieron, de prender fuego a la cochera. Encontré el coche en la oscuridad, abrí la portezuela, salieron ratas, me metí dentro. Al instalarme noté en seguida que el coche no estaba en equilibrio, estaba fijo, con los timones descansando en el suelo. Mejor así, esto me permitía tumbarme a gusto, con los pies más altos que la cabeza en la banqueta de enfrente. Varias veces durante la noche sentí que el caballo me miraba por la ventanilla, y el aliento de su hocico.




Desatalajado debía encontrar extraña mi presencia en el coche. Yo tenía frío, olvidé coger la manta, pero no lo bastante como para levantarme a buscarla. Por lo ventanilla del coche veía la de la cochera, cada vez mejor. Salí del coche. Menos oscuridad en la cochera, entreveía el pesebre, el abrevadero, el arnés colgado, qué más, cubos y cepillos. Fui a la puerta pero no pude abrirla. El caballo me seguía con la mirada. ¿Así que los caballos no duermen nunca? Pensaba que el cochero tenía que haberle atado, al pesebre por ejemplo. Me vi, pues, obligado a salir por la ventana. No fue fácil. Y, ¿qué es fácil? Pasé primero la cabeza, tenía las palmas de las manos sobre el suelo del patio mientras las caderas seguían contorneándose, prisioneras del marco de la ventana. Me acuerdo del manojo de hierba que arranqué con las dos manos, para liberarme.

SAMUEL BECKETT (I): EL EXPULSADO




No era alta la escalinata. Mil veces conté los escalones, subiendo, bajando; hoy, sin embargo, la cifra se ha borrado de la memoria. Nunca he sabido si el uno hay que marcarlo sobre la acera, el dos sobre el primer escalón, y así, o si la acera no debe contar. Al llegar al final de la escalera, me asomaba al mismo dilema. En sentido inverso, quiero decir de arriba abajo, era lo mismo, la palabra resulta débil. No sabía por dónde empezar ni por dónde acabar, digamos las cosas como son. Conseguía pues tres cifras perfectamente distintas, sin saber nunca cuál era la correcta.Y cuando digo que la cifra ya no está presente, en la memoria, quiero decir que ninguna de las tres cifras está presente, en la memoria. Lo cierto es que si encuentro en la memoria, donde seguro debe estar, una de esas cifras, sólo encontraré una, sin posibilidad de deducir, de ella, las otras dos. E incluso si recuperara dos no por eso averiguaría la tercera. No, habría que en contrar las tres, en la memoria, para poder conocerlas, todas, las tres. Mortal, los recuerdos. Por eso no hay que pensar en ciertas cosas, cosas que te habitan por dentro, o no, mejor sí, hay que pensar en ellas porque si no pensamos en ellas, corremos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria. Es decir, hay que pensar durante un momento, un buen rato, todos los días y varias veces al día, hasta que el fango las recubra, con una costra infranqueable. Es un orden.

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Después de todo, lo de menos es el número de escalones. Lo que había que retener es el hecho de que la escalinata no era alta, y eso lo he retenido. Incluso para el niño, no era alta, al lado de otras escalinatas que él conocía, a fuerza de verlas todos los días de subirlas y bajarlas, y jugar en los escalones, a las tabas y a otros juegos de los que he olvidado hasta el nombre. ¿Qué debería ser pues para el hombre, hecho y derecho?













La caída fue casi liviana. Al caer oí un portazo, lo que me comunicó un cierto alivio, en lo peor de mi caída. Porque eso significaba que no se me perseguía hasta la calle, con un bastón, para atizarme bastonazos, ante la mirada de los transeúntes. Porque si hubiera sido ésta su intención no habrían cerrado la puerta, sino que la hubieran dejado abierta, para que las personas congregadas en el vestíbulo pudieran gozar del castigo, y sacar una lección. Se habían contentado, por esta vez, con echarme, sin más. Tuve tiempo, antes de acomodarme en la burla, de solidificar este razonamiento.

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En estas condiciones, nada me obligaba a levantarme en seguida. Instalé los codos, curioso recuerdo, en la acera, apoyé la oreja en el hueco de la mano y me puse a reflexionar sobre mi situación, situación, a pesar de todo, habitual. Pero el ruido, más débil, pero inequívoco, de la puerta que de nuevo se cierra, me arrancó de mi distracción, en donde ya empezaba a organizarse un paisaje delicioso, completo, a base de espinos y rosas salvajes, muy onírico, y me hizo levantar la cabeza, con las manos abiertas sobre la acera y las corvas tensas. Pero no era más que mi sombrero, planeando hacia mí, atravesando los aires, dando vueltas. Lo cogí y me lo puse. Muy correctos, ellos, con arreglo al código de su Dios. Hubieran podido guardar el sombrero, pero no era suyo, sino mío, y me lo devolvían. Pero el encanto se había roto.



¿Cómo describir el sombrero? ¿Y para qué? Cuando mi cabeza alcanzó sus dimensiones, no diré que definitivas, pero si máximas, mi padre me dijo, Ven, hijo mío, vamos a comprar tu sombrero, como si existiera desde el comienzo de los siglos, en un lugar preciso. Fue derecho al sombrero. Yo no tenía derecho a opinar, tampoco el sombrerero. Me he preguntado a menudo si mi padre no se propondría humillarme, si no tenía celos de mí, que era joven y guapo, en fin, rozagante, mientras que él era ya viejo e hinchado y violáceo. No se me permitiría, a partir de ese día concreto, salir descubierto, con mi hermosa cabellera castaña al viento. A veces, en una calle apartada, me lo quitaba y lo llevaba en la mano, pero temblando. Debía llevarlo mañana y tarde. Los chicos de mi edad, con quien a pesar de todo me veía obligado a retozar de vez en cuando, se burlaban de mí. Pero yo me decía, El sombrero es lo de menos, un mero pretexto para enredar sus impulsos, como el brote más, más impulsivo del ridículo, porque no son finos. Siempre me ha sorprendido la escasa finura de mis contemporáneos, a mí, cuya alma se retorcía de la mañana a la noche tan sólo para encontrarse. Pero quizá fuera una forma de amabilidad, como la de cachondearse del barrigón en sus mismísimas narices. Cuando murió mi padre hubiera podido liberarme del sombrero, nada me lo impedía, pero nada hice. Pero, ¿cómo describirlo? Otra vez, otra vez.




Me levanté y eché a andar. No sé qué edad podía tener entonces. Lo que acababa de suceder no tenía por qué grabarse en mi existencia. No fue ni la cuna ni la tumba de nada. Al contrario: se parecía a tantas otras cunas, a tantas otras tumbas, que me pierdo. Pero no creo exagerar diciendo que estaba en la flor de la edad, lo que se llama me parece la plena posesión de las propias facultades. Ah sí, poseerlas poseerlas, las poseía. Atravesé la calle y me volví hacia la casa que acababa de expulsarme, yo, que nunca me volvía, al marcharme. ¡Qué bonita era! Geranios en las ventanas. Me he inclinado sobre los geranios, durante años. Los geranios, qué astutos, pero acabé haciéndoles lo que me apetecía. La puerta de esta casa, aúpa sobre su minúscula escalinata, siempre la he admirado, con todas mis fuerzas. ¿Cómo describirla? Espesa, pintada de verde, y en verano se la vestía con una especie de funda a rayas verdes y blancas con un agujero por donde salía una potente aldaba de hierro forjado y una grieta que corresponde a la boca del buzón que una placa de cuero automático protegía del polvo, los insectos, las oropéndolas. Ya está. Flanqueada por dos pilastras del mismo color, en la de la derecha se incrusta el timbre. Las cortinas respiraban un gusto impecable. Incluso el humo que se elevaba de uno de los tubos de la chimenea, el de la cocina, parecía estirarse y disiparse en el aire con una melancolía especial, y más azul. Miré al tercero y último piso, mi ventana, impúdicamente abierta. Era justo el momento de la limpieza a fondo. En algunas horas cerrarían la ventana, descolgarían las cortinas y procederían a una pulverización de formol. Los conozco. A gusto moriría en esta casa. Vi, en una especie de visión, abrirse la puerta y salir mis pies. Miraba sin rabia, porque sabía que no me espiaban tras las cortinas, como hubieran podido hacer, de apetecerles. Pero les conocía. Todos habían vuelto a sus nichos y cada uno se aplicaba en su trabajo. Sin embargo no les había hecho nada.
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miércoles, 24 de octubre de 2007

RENE CHAR: Lo fugaz y lo caudal

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El poeta no retiene lo que descubre; una vez transcrito, lo pierde enseguida. En eso residen su novedad, su infinito y su peligro.

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La poesía es de todas las aguas la que se entretiene menos en los reflejos de sus puentes.
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Rene Char citado por Hugo Múgica en el libro: Poéticas del vacío de la Editorial Trotta
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EDUARDO MILAN: QUERENCIAS, GRACIAS Y OTROS POEMAS

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No digas haz esto o esto otro,

no sermonees. La belleza todavía

tiene posibilidades, el peso a saltitos

del pájaro es gracia, casi

no tiene gravedad. Se mueve entre noticias

y notas su canto,

sin contenido, nuevo.



EDUARDO MILAN

MALDOROR: DE LAUTRÉAMONT A PIZARNIK

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Hay en la vida horas en las que el hombre, piojosa cabellera, lanza, con los ojos fijos, furiosas miradas a las verdes membranas del espacio; pues le parece escuchar, ante si, el irónico abucheo de un fantasma. Titubea y curva la cabeza: --- lo que ha oído es la voz de la conciencia.



Los Cantos de Maldoror (Canto II)



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EN UN EJEMPLAR DE 'LES CHANTS DE MALDOROR'












Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres como los niños de la medianoche.


El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles.





Alejandra Pizarnik

Enrique FALCON: La marcha de los 150000000


CANTO XXXVII
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A vosotros me uno y no soy de los vuestros: comprendedme

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no lo soy, madeja

intentando buscaros, he oído vuestra voz,

genital en la madera---- voz

con la que vuestros niños han sabido levantar
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el mapa de los padres.

Esto ha sido escrito sobre el sueño de la arena,
escrito quede con la arena que pisáis, fuera un dulce
paso hacia la noche, mas terrible
le han desfigurado el rostro, confundiendo las señales,
la orientación del Norte, las estrellas.
Éste ha sido yo: un golpe de hilo muerto
(si fuera necesario así decirlo, un hombre ahogado) [1]
pero no carguéis con los más pobres de nosotros:
la misma mano los cercena,la exacta lengua encendida que les dice
aunque acariciándoles la espalda. No los persigáis
—sus hijos construyeron los mismos, exactos mapas que vosotros
(y ahora vuestros hijos) lanzasteis sobre el río,
antes la sequía y el espaldar tremendo,
contra el río despoblado de las tierras no labradas,
un pájaro de estampidas destrozado por la nieve:

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------ …a cada tierra
------ le corresponde un día en que nacer;
------ y a cada amanecer, cita con un rebelde… [2]
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Comprended el gesto retraído de mi sangre,
el ojo que hubo de esperaros en coágulos de hace siglos
fue extensísimo el marcon que ahora cruzáis el paso con la rabia,
la revuelta con la ira
encaramada a la luz (una flor mi flor cubriendo).
Éste ya es el sol
roedor de las cabezas, ya lo visteis,
y alumbró por poco tiempo, y ahora mucho; ésta, la caída
tensísima del cuerpo,
furia con la furia rasgando el cielo
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(mano con las manos alzando el día):
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Dentro de mi cuerpo / vive un hombre ahogado.
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Tengo el recuerdo de haber dormido contigo
en la parva del heno, cansados de la densa [3]
agitación de la llanura, los párpados quemados
por tantas piezas requeridas: el mar al fondo de los ojos.
El óxido del sueño, la caricia fue la noche,
quien nos dio en sus algas los brazos de otro sueño—
pesado al despertar— y apenas compartido,
toda la desaparición [4]
con las ronchas esquilmadas de las cacerías
y muslos afeitados después de la carrera,
y carne, y huesos potentísimos,
y médula o piel. Y aceite. O barro.
El recuerdo de haber dormido contigo, otra vez, de nuevo aquí
es memoria del aliento, los sobacos por el frío
retirados contra el aire y la mirada
tristísima con la noche escondiendo el beso,
la vergüenza del amor, el miedo, y el escándalo.

A vosotros que me he unido desde antes de nacer

–frío es el mundo–: nada mío os intimide. [5]
...Un poema azul y enormede aortas y clavículas desclavada
sal poste de la rabia con el sueño...
Una flor que yo he temido,
lugar de la tristeza en Santuario
----------------- un
------------------------------------ 150
millones de panteras en el verso—
-------------------------------------------- y que nada mío
intimide vuestro canto
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ni enmudezca su luto los listados del mundo :

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[1] El hombre ahogado es Omar Darío Arias Salazar, dirigente de la organización sindical ‘Sinaltrail’ en el municipio colombiano de Bugalagrande y activista del Comité de Solidaridad de la ‘Central Unitaria de Trabajadores’ y de otros espacios comunitarios del municipio. “Desapareció” el 21 de mayo de 2000 y se le encontró ahogado cinco días después. (Ref: Documento de las organizaciones sindicales regionales del Valle del Cauca, del 1 de noviembre de 2000).

[2] a cada tierra…con un rebelde. Versos del poeta palestino Mahmud Darwish, en “Buenos deseos”.

[3] En la parva del heno. Julio de 2002 : asalto de las fuerzas estadounidenses sobre la casa de Ahmed Khan, en el distrito afgano de Zurmat : hacia las nueve de la noche estábamos todos ya acostados : de golpe, el ruido, los helicópteros encima de nosotros, las explosiones : la casa tembló y las torres [los ángulos de la casa] fueron alcanzadas : las balas de las ametralladoras rompieron los vidrios y las puertas, los soldados americanos entraron en casa empuñando sus armas : nos sacaron del cuarto con las manos en alto, nos las ataron luego : registraron la casa, forzaron las puertas, dispararon contra los cajones y los dejaron del revés : nos pusieron capuchas y nos llevaron en un helicóptero a Bagram : los soldados se llevaron nuestras joyas : Niaz Mohammad dormía fuera de la casa, junto a una parva de heno, para que no robaran la cosecha : le encontraron muerto cerca del molino : una bala en un pie y otra en la espalda : ésta le había salido por el corazón (ref. Declaraciones del campesino Ahmed Khan a miembros de Human Rights Watch; Informe “Human rights abuses by US Forces”, 2004).

[4] toda la desaparición: unas cinco mil personas han sido desaparecidas, desde finales de 1999, a manos de las fuerzas federales rusas en el territorio de Chechenia. Muchos civiles chechenos han decidido acudir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ya que el sistema judicial ruso no se ha mostrado realmente dispuesto a castigar a quienes vulneran los derechos humanos en el norte del Cáucaso. En este sentido, son excepcionales las sentencias condenatorias, como la que en marzo de 2005 se emitió finalmente sobre Sergei Lapin, agente de la policía y miembro de las Unidades Especiales rusas de Antidisturbios (las OMON), quien participó en la tortura y desaparición de Zelimkhan Murdalov, checheno de 26 años detenido en Grozni a comienzos de 2001 y –antes de “desaparecer”– sometido a torturas y a sesiones de electroshock en las dependencias policiales del distrito de Oktiabrskii.

[5] es frío el mundo es un verso del poeta colombiano Carlos Fajardo (Santiago de Cali, 1957), en Dios se ha fatigado.


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Extraido del blog de Enrique Falcón:


JOSE ANGEL VALENTE

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VII

(No)


Nunca decapítame

día

o mañana anegado

cuando en racimo inmenso

acudamos al no


J.A. Valente (Treinta y siete fragmentos)
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martes, 23 de octubre de 2007

MENDEZ RUBIO, Polizón del Nº 3 de 13TRENES

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AMOR PROPIO


Tiempo de duelo,

tiempo de bailar.


¿Un espejo de amor, el paso transparente

cuando dejaba de sonar la música?

¿Luz? Miedo, sí,

pero, ¿cómo se hace?


Cielo raso, por suerte.


------------------------------------- Guardo

sólo fidelidad a la desgracia.


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Antonio Méndez Rubio (Fuente del Arco, Badajoz, 1967)

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BAI JUYI escribe a Yuan Zhen (WEIZHI) una carta. Invierno, año 815


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EMOCIONADO POR UN VIEJO ROLLO DE POEMAS

A Weizhi
AVANZADA la noche, dejo de leer y lanzo un gran suspiro.
Lágrimas de viejo, delante de la vela, humedecen mis barbas.
De un rollo de poemas de hace veinte años,
de diez que nos respondimos, nueve ya no están.
Bai Juyi


A partir de mi llegada a la corte (...) me di cuenta de que la litetura y la poesía deben escribirse teniendo presentes los asuntos de la actualidad. En ese momento, el emperador acababa de subir al trono, tenía entre sus ministros a hombres de gran rectitud; continuamente les escribía para informarse a cerca de las dificultades y sufrimientos de las gentes. Era yo entonces miembro de la academia Hanlin, era censor. Yo mismo pedía los formularios de ruegos y dirigía memorias al emperador. Además, si había posibilidad de aliviar los sufrimientos de las gentes o corregir errores pero resultaba difícil expresarlo de forma directa, lo hacía a través de la poesía lírica. Aspiraba así a que (mis advertencias) llegaran poco a poco a oídos del soberano. De este modo, aumentaría la clarividencia de Su Majestad y ayudaría a los desdichados; y yo pagaría así Sus bondadosas exhortaciones y cumpliría con mi deber de dar consejo, realizando con ello mis aspiraciones de toda una vida. ¡Cómo iba a pensar que éstas no se lograrían y que haciéndolo traería desgracia a mi vida, que antes que mis consejos fueran oídos ya habrían surgido las calumnias! (...) Hasta mi propia familia consideró unánimemente que yo estaba equivocado. (...) Empecé obteniendo fama por mis escritos y por ellos acabé ofendiendo, no deja de tener su lógica. (...) Hace un tiempo, cierto día en que pasaba por Hannan, sucedió que mi anfitrión había reunido a sus músicas para deleitar a los invitados. Las cortesanas, al verme llegar, me señalaban diciéndose unas a otras: "Ése es el autor de la Canción de Qin y Canto del eterno pesar" . A lo largo de los tres días o cuatro mil li que separan Chang'an de Jiangxi, constantemente veía poemas míos inscritos en todas las escuelas, los templos budistas, las posadas y los barcos; por doquier los oía en boca de gentes del pueblo, monjes, viudas o doncellas. En verdad, (esos poemas) no eran más que divertimentos de mi pobre talento, indignos de admiración. Pero precisamente eso es lo que en estos tiempos se acostumbra a apreciar. (...) Ahora, de mi obra, sólo gustan los poemas variados de estilo regular y el Canto del eterno pesar . Lo que actualmente se valora es lo que yo desprecio. (...) De mi misma generación, sólo tú eres capaz de apreciar (de mis demás obras). ¿Quién sabe si en mil años volverá a haber alguien que, como tú, entienda y aprecie mi poesía? (...) Ahora que ambos hemos recopilado nuestros poemas y los tenemos más o menos ordenados en capítulos, cuando volvamos a vernos, por fin podremos ensenarnos las respectivas obras, como queríamos. Pero no sé que año ni que lugar serán los de nuestro encuentro. ¿Qué sucederá si alguno de los dos muere de repente?.
¡Weizhi, Wheizi, mi entrañable amigo!. En Xuangyang, este decimosegundo mes, el viento del río es de un frío lacerante; en el desapacible ocaso del año, la noche es larga, y no duermo. He cogido el pincel y extendido el papel; triste, ante la lámpara te he escrito mis pensamientos como venían, sin ordenar mis palabras. Espero que esta confusa prolijidad no te canse y sirva a modo de conversación de toda una noche. ¡Weizhi, Weizhi, mi entrañable amigo! Letian se inclina dos veces.
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Poema y carta recopilados del libro 111 Cuartetos de Bai Juyi , edición y traducción de Ánne-Hèlène Suarez Girad. Colección La cruz del sur. Ed. Pre-textos

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lunes, 22 de octubre de 2007

ANA Mª ESPINOSA: POESIA EX-PER I MENTAL (I)

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Ana Mª Espinosa es una poeta jerezana que pinta versos, que diluye su imaginal potencia creativa en grafias irremisibles a la pura razón. Su intuición poética, su estética y sensibilidad clásica estan en el borde, en la orilla de las vanguardias, de lo por decir. Ama la justeza expresiva y la expresión bella. Libera de vacuidad lo visto, se entremezcla en lo musitado, vive y convive con el asombro, con la sed, con el color, con la extrañeza de un mundo distinto e irreductible a solo son, a solo lienzo, a solo lo visible.
Por eso, porque sabe que no sabe y ansía ir más allá de lo previsible. Porque desde lo postvisible canta, pregunta, se aventura, aquí dejo una muestra de su poesía experimental.

V.G.
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Luis Romero, pintor. Vigo, 1959
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POESIA EXPERIMENTAL
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Todo parte de un sueño.
La imagen de ese sueño es la siguiente:

Una caja blanca en una alcoba,
Junto a luz de una ventana.
Se destapa la caja y dentro
Un
racimo de uvas cubiertas de telarañas
Y una mano señalando con su índice.
Se abre otra
caja blanca y lo mismo
Pero con la
mano en posición o gesto diferente
Y otra tercera caja.
Sorprende el estado de conservación (Milenios)de las uvas y las manos
Sobre todo de las uvas que son agua y guardan su volumen.

ANA Mª ESPINOSA









I
Esta mañana
hay una
caja blanca
junto a la cama.
La abro.
Uvas cubiertas de telarañas
y una mano
¿es de mármol, es carne?.
Blanquecina, lleva siglos,
quizá milenios
resistiendo,
burlando
al tiempo
Señala con su índice
las
esferas verdes.
II
En otra caja blanca
otra mano muestra su palma
flexionados algunos dedos.
El tiempo momificado.

Científicamente es imposible
que la
uva no haya desaparecido.
III
Oro momificado
la pulpa de la
uva.
Uva tejida en agua
detenida durante siglos
en el espacio
oscuro y reducido
de un rectángulo
de cartón.
Agua eterna.
Oxígeno negro
apresado
en una
caja blanca.
¿Qué ocurrirá ahora
que el aire circula,
circunda las
esferas
verdes
, las esferas grises
bajo telas de arañas.?
Ana Mª Espinosa
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EDUARDO MILAN: RESISTIR. INSISTENCIAS SOBRE EL PRESENTE POETICO (II)

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Por eso decía que no hay novedad: los poetas escriben para sobrevivir. Sobrevivir, para un poeta, es simplemente ser. Ya casi se trata de una cuestión de dignidad, de luchar por no convertirse en una especie en extinción, como un tigre o un esquimal. Más allá de ser, esto es, escribir para producir cambios, para acompañar el ritmo de la vida, ya es imposible.




El retroceso controlado de las formas de arte atenta directamente contra el avance -también controlado- de las formas en la ciencia. Pero mientras esta última se permite experimentar (muchas veces con el lenguaje de los poetas), el arte occidental actual se prohíbe la experimentación. Vivimos en una época de arte cerrado, de poesía cerrada. Las nuevas posibilidades expresivas están bloqueadas porque parecería que, en un arrebato por la salvación de la especie, el arte teme su propia extinción. Y el arte retrocede por no alejarse demasiado, porque sabe que, al caer las posibilidades de la utopía en el pensamiento y en la vida, corre el peligro de terminar (peligro no muy lejano) hablando para si mismo.





Abrir un claro en la selva, poder imaginar, son empresas que no tienen más interlocutor que los pares del oficio. Así, se escribe para los que escriben. Y ya nadie se atreve a cuestionar el valor performativo o la actitud de lo hecho porque eso sería dar un paso adelante que no podemos dar.







¿A quién le importa que un poeta plantee nuevas posibilidades expresivas si el arte mismo de la poesía está en vías de desaparición?. Sería una propuesta que cae en el vacío. Y aquí viene la paradoja, la gran paradoja: en las épocas de gran tiniebla, de gran cerrazón en cuanto a lo posible estético, aparecen nuevas formas. Todo consistiría en ver cuales son los mecanismos contextuales que posibilitan su aparición. Luego, dejarlas fluir. Y la pregunta es:
¿estarán nuestros ojos preparados para lo verdaderamente nuevo?

Eduardo Milan
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sábado, 20 de octubre de 2007

EDUARDO MILAN: RESISTIR. INSISTENCIAS SOBRE EL PRESENTE POETICO (I)

SOBREVIVIR (I)
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NO HAY NOVEDAD: los poetas escriben para sobrevivir. La recitada de Rimbaud anunció: "La verdadera vida está en otra parte". Pero ya no hay verdadera vida para el poeta en el crepúsculo del siglo. Y lo que es peor: ya no hay otra parte. Y las paradojar continuan. Una de Novalis: "El paraiso está en todas partes o en ninguna". Tal vez haya que concluir, desgraciadamente para aquel fino espíritu del romanticismo alemán, que, bueno, en realidad no hay paraiso. Y así vamos por delante, negando aquí y desconfiando allí de una serie de propuestas que el ser humano poético se tomó el trabajo de concebir para hacernos un poco más felices. Todo lo que tenemos es el presente: sofocante, implacable, filoso como una lámina, pero esto es todo, al menos por ahora.





Los abanderados del presente no pensaron, no pudieron haber pensadoqué significa exactamente vivir encerrados entre las cuatro paredes del presente, como si hubieramos sido pintados. La cuadratura de nuestra vivencia tiene algo de arte, de artificio: por algo se dice, y no solo en alusión a la representación de nuestra existencia, que vivimos en la sociedad del espectáculo. Esto es un escenario: estamos encuadrados. La posibilidad de salirnos del marco, de desmarcarnos era, en un sentido temporal, la utopía. Era una promesa de devenir no solamente lineal sino también hacia arriba, hacia abajo o hacia el costado. El arte de nuestro siglo intentó el gran desmarcaje: la unión arte-vida,que era una forma de salirnos del cuadro. Fracasó: el regreso a las formas de fachada niega, entre otras cosas, el movimiento de la vida, el error, lo imprevisible, lo incontrolable. El regreso a las formas canónigas en arte no sólo significa el relativo agotamiento del repertorio formal de la vanguardia: significa, antes que nada, que todo está bajo control, que nuestra visión del mundo está controlada, que nada queda librado al azar, ni siquiera librado a la parte de lo fortuito estético que tiene el azar: lo sublime.



(Primera parte de 2 del artículo de Eduardo Milán "sobrevivir")











Resistir para Milán es hacerse fuerte, pero no resistencia al cambio, sino a la inerte inercia; es hacerse leve, pero no resistencia pasiva, sino vigilante escucha a la voz del aura. Resistir no es dejarse estar sino echarse a andar, errar. Errar es humano, demasiado humano, pero cuando el errante se conoce en su errar, su senda es divina, no está perdido, sólo anda demorado, haciendo tiempo,. rastreando algún hilo de voz, buscando para volver.




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Resistir al nihilismo con una insistencia que no es desvarío sino errar encaminado a la búsqueda del sentido; porque el futuro será poético o no será: "Cuando la razón y la verdad entran en cuestionamiento la que verdaderamente debe alterarse es la poesía, dada su condición de puente hacia la verdad o de otro respecto de la razón."




Parecen variables, pero en una ecuación vital cuya representación es una trayectoria donde el movimiento se demuestra errando para volver a dar en el centro, resistir, insistir y existir son tautologías constantes. Para los poetas, las oposiciones totales son falsas apariencias o mejor, auténticos secretos a voces; coicidentia oppositorum, la serpiente se ha mordido la cola: admirable caso de un hombre de palabra el de Milán, que literalmente cuando resiste no se amilana.




Alberto Sauret


Departamento Académico de
Estudios Generales, ITAM